Franco, hasta en la sopa
24/09/07
Más de treinta años después de su descenso a los dominios del Dante, el fantasma del general Franco sigue vagando por España.
Apenas pasa día en que no se evoque el espectro del Caudillo: ya sea por el pazo de Meirás, ya por la apertura de las fosas de la guerra civil, ya por la aparición estelar de algunos de sus nietos y demás parentela en los concursos de baile y en los reality-shows de la tele. Cualquier día nos encontraremos al Generalísimo entre los tropezones de la sopa.
Parece haber fracasado, pues, el empeño de cierto grupo de antifranquistas que años atrás fundó en Compostela el llamado Club del Innombrable, con el juicioso propósito de facilitar el olvido del dictador y su envío al trastero de la Historia.
La primera y única regla de aquel círculo democrático era la que comprometía a sus miembros a no citar nunca, bajo ninguna circunstancia, el nombre del general ferrolano que durante casi cuarenta años aherrojó a España. La tentativa resultó inútil hasta el punto de que, tres décadas después de su muerte, el Innombrable esté siendo más nombrado que nunca.
Curiosamente, no son los pocos nostálgicos que puedan quedar del franquismo quienes en mayor medida están contribuyendo a este extraño revival. Más bien son algunos demócratas los que, de manera sin duda involuntaria, atizan el recuerdo del dictador con leyes de Memoria Histórica y campañas -tan loables como algo tardías- de eliminación de los últimos símbolos de la dictadura.
Se diría que los mueve el deseo de cumplir con la vieja máxima de Georges Santayana según la cual los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. La idea resulta excelente y a la vez contradictoria, en la medida que el borrado de todos los restos del franquismo propiciaría su olvido, con la consiguiente posibilidad de repetición de una dictadura como aquella.
A ello habría que añadir la dificultad que en la práctica ofrece la supresión de los vestigios de cuarenta años de poder absoluto como el que ejerció Franco. Se pueden retirar las estatuas y cambiar los nombres a las calles, como en gran proporción ya se ha hecho; pero tal vez resultase más ardua y hasta desaconsejable la tarea de liquidar toda la huella del dictador.
Puestos a eliminar símbolos del franquismo, la lista resulta kilométrica. Los más extremados habrían de pedir, tal vez, el cierre de Radio Nacional, una emisora nacida en tiempos de guerra cuyos informativos fueron conocidos popularmente con la bélica denominación de “el parte”. Otro tanto ocurriría con TVE, inaugurada con un discurso del ministro de Propaganda Gabriel Arias Salgado: aquel que hizo famosa su prohibición de exhibir en la publicidad “trajes de baño con señora dentro”.
Llevado a sus últimas consecuencias, el inventario debiera incluir también el Seguro Obligatorio de Enfermedad (hoy Seguridad Social) que fundó el ministro falangista José Antonio Girón de Velasco. Y el proceso de revisión, en fin, acabaría por hacer que algunos se preguntasen si también hay que considerar “símbolo del franquismo” al jefe del Estado designado sucesor a título de rey por Franco.
Los más razonables convendrán en que tal vez no sea prudente ni práctico abrir esa Caja de Pandora en un país que, tras siglos de enfrentamientos civiles, parece haber dejado por fin atrás sus demonios familiares.
Aunque ya canse un poco hacerlo, conviene recordar una vez más que la dictadura franquista no cayó en España. Evolucionó lentamente hacia una democracia -tutelada en principio por los militares- gracias a un pacto entre franquistas y demócratas bautizado con el eufemismo de Transición.
Con todos sus inconvenientes, aquello que fue un acuerdo para el olvido de viejos agravios ha funcionado razonablemente bien. Por eso extraña tanto que treinta años después volvamos a tener a Franco hasta en la sopa. Con lo que eso indigesta.
Fuente: La Opinion
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Adolfo Suárez tenía toda la razón
Frase de Adolfo Suárez en una entrevista inédita de 1980:
“Yo repito a menudo que en España está ocurriendo un fenómeno muy grave: las cosas entran por el oído, se expulsan por la boca y no pasan nunca por el cerebro… casi nunca pasan por la reflexión previa”.
“Pero es un hecho que está ahí; que sucede. Y luchar contra ello es muy difícil… Yo he intentado combatirlo muchas veces… ¡Y así me va!”
En la política española del siglo XXI sigue sucediendo exactamente lo mismo: “las cosas entran por el oído, se expulsan por la boca y no pasan nunca por el cerebro” y se aplica tanto a los políticos como a los ciudadanos.
Carlos Menéndez
http://www.creditomagazine.es